Había una vez una familia de brujas. Pero esas brujas no eran normales, pues no eran burjas de esas que iban de aquí para allá y al quinto pino asustando a personas, animales, destrozando la ciudad, arrasando... No. No eran de ésas. Eran unas brujas como las personas normales, con unos problemas normales y con una manera... ¡no tan normal!
Bueno un día Melisa, la brujita de 10 años, y su familia alquilaron una casa rural a orillas de un hermoso río en un valle todo verde con flores de muchos colores. Esa noche, la madre bruja etaba lavándose los dientes mientras Melisa y su hermana Macándala leían en la cama. Cuendo apagaron las luces, Macándala se durmió rapidamente pero Melisa no tenía sueño. Pasados 20 o 25 minutos Melisa vio unas luces que provenían del sótano, escuchó cómo se oían golpes desde abajo. Así que despertó a su hermana Macándala y las dos asustadas se abrazaron en un gesto como diciendo "Adiós, hermana".
Los golpes se oían cada vez más cerca, así que Melisa y Macándala fueron a avisar a sus padres pero...¡cuál fue sus sorpresa cuando entraron y no había nadie en la habitación! Las lamparitas rotas en el suelo, las camas deshechas, los armarios sin puertas, lás sábanas arrancadas.
Las dos se armaron de valor y bajaron al sótano. Allí también estaba todo roto y los golpes se oían menos. Cuando subieron a escapar se encontraron la puerta cerrada. Era imposible abrirla. Entonces bajaron de nuevo. Oyeron unos pasos pesados, que no eran de sus padres, que se iban acercando al armario... Apareciçon un rostro negro y sin cara, levantó su hacha... Melisa se abrazó a sus hermana y ... ¡zas!... Alicia despertó. No era una bruja. ¡Todo había sido una pesadilla!
HELENA DÍAZ LÓPEZ
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